jueves, 3 de febrero de 2011
De noche (II)
sábado, 29 de enero de 2011
De noche (I)
sábado, 30 de enero de 2010
Volar
O sea, como yo no puedo, tú te jodes y además mira lo que te pierdes.
viernes, 14 de noviembre de 2008
así de fácil
Ha sonado el despertador, y arriba en una esquina pone mo, que en español quiere decir lu. Si no hubieran cambiado la hora, sería de día. Pero es de noche. Dicen que lo hacen por ahorrar energía. Yo enciendo la luz para no romperme algún hueso en pleno ahorro.
Siempre que salgo de la ducha no me reconozco en el espejo. Antes, cuando entré, juraría haberme visto. Ahora, empapado y con algo de frío a pesar de la toalla, no. Hace tiempo que me ocurre, pero tengo la sensación de ir a peor. ¿Quién será el verdadero yo? ¿Será el nítido? ¿Será el borroso? Puede que sea los dos a la vez, que se alterne mi apariencia dependiendo del lugar o la persona con quien esté.
Salgo de casa siendo el borroso pero en proceso de nitidez. En el ascensor ya vuelvo a ser totalmente nítido –eso dice el espejo- y ni me alegra ni me disgusta.
Aprovecho un semáforo en rojo para mirarme en el espejo retrovisor. Sólo cabe en él una parte de mi cara, pero para saber si continúo siendo claro o estoy borroso es suficiente. Clarísimo.
Y durante todo el día, siempre que me crucé con uno, me reconocí. En el trabajo, en el bar, contigo, con ellos. Siempre.
Hasta la mañana siguiente.
Sin toalla y mojado paso, paro y poso delante suyo. Cuanto más yo soy, menos me reconozco. Desnudo y sin desodorante soy una mancha color carne con toques negros aquí y allá. Creo que el agua caliente me quiere decir algo y no sé si le entiendo. En pleno proceso intelectual tú entras al baño. Es un consuelo que me hayas reconocido a pesar de mi estado borroso. Mientras me visto abres la ventana del baño. Es pequeña y está en la pared de la bañera, enfrente de la puerta. Te gusta ventilar la casa a primera hora, pero sueles esperar a que me vista. Debemos ir con retraso porque hoy no has esperado y siento frío. Sigo delante del espejo pero te miro a ti. Cuando sales de nuevo me das un beso en el brazo, cerca del hombro. Al girar la cabeza mi reflejo en el espejo es nítido. Sigo desnudo y sin aditivos, pero me reconozco. Tú tienes el antídoto. Gracias.
viernes, 1 de agosto de 2008
Sin magia
En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, cerca de Albacete, descubrí la verdad. No hay magia, sólo pasa y está. Después de muchas horas conduciendo parece que por un lado, al fondo, clarea. Y ese parece se convierte en certeza unos minutos más a la derecha. Fin.
Amanece, que no es poco, pienso mientras imagino cómo sería de haberlo inventado yo. De la noche al día sin trasbordos. Un vuelo charter a ras de cielo. Subir la persiana a las dos de la tarde en un día de fiesta. Tan fugaz como la vida. De nada a todo. Ya.
Aprovechando la luz veo molinos de viento. Están pegados a la autopista y creo que son familia lejana de aquellos gordos y bajos de hace siglos. Han crecido y adelgazado una barbaridad, tiempos nuevos, pero son iguales a los viejos en inteligencia. No sé que pretenden, pero la imagen que dan es triste, no paran de moverse y no avanzan nada. Si los juntamos a los mensajes luminosos de la de-ge-te puede que nos quieran decir algo ¿Tienes prisa?, haz como nosotros… el idiota.
Yo continúo con mi prisa para ir a juego con la vida. Corro tanto que ya estoy de vuelta y no sé si voy o vengo. Tengo la tentación de preguntarle a alguien pero sólo me cruzo con gente. Algunos van en mi dirección pero no compartimos velocidad y o los paso o me pasan.
Paro en una gasolinera para repostar contaminante. A partir de aquí no me hace falta mirar las señales. Conozco la ruta y si todos los indicadores estuvieran escritos en japonés no me importaría.
La ausencia de magia se repite y la noche avanza. Parece que todo le sale mal, una chapuza. Juraría haber visto la luna a las tres de la tarde. Qué pena.
viernes, 9 de mayo de 2008
Un tipo mayor
Pero de pronto, el sudor de la frente, las vueltas en la cama, las ojeras... de repente se ha acercado. Lo tenemos sentado al lado. Tantos días en directo por la televisión han hecho inapreciable su impacto en nuestro cerebro calizo. Ha cambiado el plan y se ha sentado en el sofá, junto a nuestra pareja –entre los dos- y además habla con ella.
Y es que un día sales a la calle y ves a un señor tirado en un portal de tu barrio de la zona centro. Vive allí, en la puta calle, en enero, y resulta que habla tu idioma y hasta tiene nombre. Y es que ni siquiera los magos de oriente le han traído carbón para calentarse. Llegamos a febrero y el hombre se deteriora pero parece que sigue aguantando, agarrándose a esa mierda que algún miserable llamará vida. Pero claro, colorín colorado, la llama se ha apagado. Y después de dos meses tirado en una acera, una mañana no amanece en los ojos del tipo mayor.
Y cada vez que pasemos por allí nada nos recordará a él. Cada uno de nosotros ha dado un brochazo del color que más le ha gustado a la pared del fondo. Y pensaremos en cualquier cosa menos en que allí mismo pasó sus últimos meses de vida una persona.
Pero si pensáramos por qué, alguien llegaría a la conclusión de lo hijo de puta que fue en su vida. Igual otros dirían, si pensaran un minuto en él, la mala suerte que tuvo al final de sus días, acabar así de solo y frío. Otros meditarían sobre la decisión de cada uno de terminar como y donde quiera, aunque papá adoptivo Estado nos obligue a jodernos y acabar cuando la esperanza ya navegue por el océano, tras haber recorrido un largo río, empujada por una cisterna de algún wáter hediondo.
También los habrá que se atrevan a pensar en una esquina de su cabezita en clave cristiana. ¿Y si era un jesucristo del siglo veintiuno? ¿Y si lo hemos vuelto a crucificar como a una escoria de la sociedad?
Pero recapacitan y van tranquilos a la iglesia. Ellos son contribuyentes solidarios que clavan cruces de tinta china en la casilla correspondiente de sus declaraciones.
Que nadie se asuste, esto sólo pasaría si recordáramos a un tipo mayor que dejamos morir de frío, en una jodida escalera de mármol de un triste portal de cualquier ciudad, concretamente de la mía.