viernes, 1 de agosto de 2008

Sin magia

En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, cerca de Albacete, descubrí la verdad. No hay magia, sólo pasa y está. Después de muchas horas conduciendo parece que por un lado, al fondo, clarea. Y ese parece se convierte en certeza unos minutos más a la derecha. Fin.

Amanece, que no es poco, pienso mientras imagino cómo sería de haberlo inventado yo. De la noche al día sin trasbordos. Un vuelo charter a ras de cielo. Subir la persiana a las dos de la tarde en un día de fiesta. Tan fugaz como la vida. De nada a todo. Ya.

Aprovechando la luz veo molinos de viento. Están pegados a la autopista y creo que son familia lejana de aquellos gordos y bajos de hace siglos. Han crecido y adelgazado una barbaridad, tiempos nuevos, pero son iguales a los viejos en inteligencia. No sé que pretenden, pero la imagen que dan es triste, no paran de moverse y no avanzan nada. Si los juntamos a los mensajes luminosos de la de-ge-te puede que nos quieran decir algo ¿Tienes prisa?, haz como nosotros… el idiota.

Yo continúo con mi prisa para ir a juego con la vida. Corro tanto que ya estoy de vuelta y no sé si voy o vengo. Tengo la tentación de preguntarle a alguien pero sólo me cruzo con gente. Algunos van en mi dirección pero no compartimos velocidad y o los paso o me pasan.

Paro en una gasolinera para repostar contaminante. A partir de aquí no me hace falta mirar las señales. Conozco la ruta y si todos los indicadores estuvieran escritos en japonés no me importaría.

La ausencia de magia se repite y la noche avanza. Parece que todo le sale mal, una chapuza. Juraría haber visto la luna a las tres de la tarde. Qué pena.

viernes, 9 de mayo de 2008

Un tipo mayor

Y debe ser que cuando el hambre se muere de sed arrastrándose por África, la cosa es distinta. Nos acercamos sigilosos a nuestra pantalla de plasma tan plana como el encefalograma de muchos y confirmamos la ausencia de fisuras. Podemos seguir masticando nuestra cena de plástico mirando a los ojos de la muerte en las noticias de Milá. Tal vez dentro de un tiempo ni tengamos que expulsarla, dependiendo de cuantos yogures comamos.

Pero de pronto, el sudor de la frente, las vueltas en la cama, las ojeras... de repente se ha acercado. Lo tenemos sentado al lado. Tantos días en directo por la televisión han hecho inapreciable su impacto en nuestro cerebro calizo. Ha cambiado el plan y se ha sentado en el sofá, junto a nuestra pareja –entre los dos- y además habla con ella.
Y es que un día sales a la calle y ves a un señor tirado en un portal de tu barrio de la zona centro. Vive allí, en la puta calle, en enero, y resulta que habla tu idioma y hasta tiene nombre. Y es que ni siquiera los magos de oriente le han traído carbón para calentarse. Llegamos a febrero y el hombre se deteriora pero parece que sigue aguantando, agarrándose a esa mierda que algún miserable llamará vida. Pero claro, colorín colorado, la llama se ha apagado. Y después de dos meses tirado en una acera, una mañana no amanece en los ojos del tipo mayor.
Y cada vez que pasemos por allí nada nos recordará a él. Cada uno de nosotros ha dado un brochazo del color que más le ha gustado a la pared del fondo. Y pensaremos en cualquier cosa menos en que allí mismo pasó sus últimos meses de vida una persona.
Pero si pensáramos por qué, alguien llegaría a la conclusión de lo hijo de puta que fue en su vida. Igual otros dirían, si pensaran un minuto en él, la mala suerte que tuvo al final de sus días, acabar así de solo y frío. Otros meditarían sobre la decisión de cada uno de terminar como y donde quiera, aunque papá adoptivo Estado nos obligue a jodernos y acabar cuando la esperanza ya navegue por el océano, tras haber recorrido un largo río, empujada por una cisterna de algún wáter hediondo.
También los habrá que se atrevan a pensar en una esquina de su cabezita en clave cristiana. ¿Y si era un jesucristo del siglo veintiuno? ¿Y si lo hemos vuelto a crucificar como a una escoria de la sociedad?
Pero recapacitan y van tranquilos a la iglesia. Ellos son contribuyentes solidarios que clavan cruces de tinta china en la casilla correspondiente de sus declaraciones.

Que nadie se asuste, esto sólo pasaría si recordáramos a un tipo mayor que dejamos morir de frío, en una jodida escalera de mármol de un triste portal de cualquier ciudad, concretamente de la mía.

jueves, 17 de abril de 2008

Profeta

Hace cuatro días dormías en los portales y hoy pretendes darnos lecciones a los demás. Profeta de alcantarilla refugiado en su pasado. Trasladas tu patética experiencia a todos los humanos que conoces. Pero en realidad sólo te sigues importando tú. Si no te creyeras imprescindible para el mundo, bajarías la voz al lanzar tu mensaje. Si fuera realmente importante, nos acercaríamos a ti, sin necesidad de vocear. Eres un feriante con delirios de grandeza, pero tu cara te delata, tu mirada de cabrón, el andar descompuesto, los huecos entre dientes… sigues siendo un yonqui con el pelo lleno de grasa. No hay más. Tus neuronas hace tiempo que se rindieron. No insistas.
Eres un dictador sin pueblo sumiso. Un idiota con cinco fieles tan cobardes que no se atreven ni a tragar la comida de sus bocas cuando hablas. Vaya ejército, Napoleón.
Si hubieras sido ese profeta que te crees, estarías muerto, o al menos seguirías siendo el mejor amigo de tu camello. Pero no, después de muchos litros de metadona has descubierto el buen camino. Deberías hacerte político o picoleto eso sí que sería un éxito de verdad, y una forma de devolverle a tu madre todo lo que le quitaste. En cuanto a tu padre, no sé lo que pensaría antes de suicidarse. Tal vez “¿primero yonqui y ahora madero?”
En el primer caso los escenarios desde donde lanzar el mensaje garantizan que los fieles se multipliquen. Y lo que es mejor, no tendrías que dejar de decir idioteces. Es más, en ocasiones, tus asesores te redactarían comunicados aún más ridículos que los tuyos propios.
La segunda opción, uniforme, pistola, sirenas… Y todo lo puedes usar sin problemas. Por cierto, hay algún cuerpo que realiza la instrucción ¡a caballo! Que te parece, menudos recuerdos, ¿eh?
Tú dirás, pero yo te veo más con la primera. Ganan más, el vestuario es variado, tienes chófer, puedes cambiar de partido y no pasa nada...
Son dos opciones, pero hay más. No te puedes limitar al comedor de un bar de menú. Los que allí acudimos queremos comer. Nuestras aspiraciones no van a más. Eso debe ser frustrante para un ser superior como tú. Saber que tus palabras rebotan contra las paredes de huecos cerebros que sólo piensan en masticar bien la comida para no atragantarse. Te oímos pero no te escuchamos. Decídete y da el salto, tío, déjanos seguir pastando en nuestra hierba de ignorancia.

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Hoy he comprado una pistola. No tengo licencia pero sé apretar un gatillo. No quieres bajar la voz y yo necesito comer tranquilo. Podría cambiar de bar pero no me sale de los güevos y como no respetas a los demás, te daré la oportunidad de recapacitar sobre ello en la cama de un hospital durante un par de semanas. No quiero matarte, aunque no me importa que te mueras. Sólo pretendo que me dejes comer en paz.

martes, 25 de marzo de 2008

viernes, 14 de marzo de 2008

jueves, 7 de febrero de 2008

Un final

Como un árbol sin hojas, aguantando estoico el maldito invierno en sus ramas. Sabes quizás que no habrá más primaveras al sol. Y que las hojas, que cayeron hace tiempo al suelo, nunca más adornarán tu cuerpo. Y pasa tan rápido que dudas si fue verdad todo aquello que sucedió ayer. No parece real que se vaya a terminar así, sin más. Triste, sentada en ese sofá que acepta de pasajero un viejo cuerpo que ha vivido tanto, que ya no cuenta nada. La tele encendida en cualquier canal habla sola mientras tú piensas en las oportunidades que nunca tuviste. Una vida en subida con salida parada y sin avituallamientos por el camino. Las rosas eran para otras pero las espinas siempre se clavaron en ti.
Tú siempre supiste que la muerte era el final, nunca te supieron camelar con seres queridos esperando al otro lado. Los que te quieren se quedarán aquí, jodidos y a la cola… esperando su turno.

viernes, 18 de enero de 2008

Cambios

Cuando era un crío prefería los números pares. Ahora me gustan más los impares. Que cambiamos lo tengo claro y me inquieta. Lo que hoy me vuelve loco de ti, mañana tal vez sea la razón de nuestra separación, y tampoco me gusta.
Tres segundos después de encender la televisión aún no tenía imagen pero sí sonido. Al revés que en la realidad de ahí fuera donde la vista vence al oído por kilómetros, con este aparato debo andar con cuidado sólo con darle al encendido. Salía ya del salón cuando, sin imagen, un tipo decía: cada vez más personas quieren unos dientes blancos. Imagino que hay cosas que no cambian, y que dentro de unos años no escuche Al hijo de este capullo diciendo ¿Quién no desea unos dientes negros? Aunque la tele lo puede todo.
Ahora me da igual lo que diga ese trasto, en eso ya he cambiado, o sea que estoy a salvo. Pero necesito saber, como sé que te quiero, que existen motivos, ideas, pensamientos, que no cambiaran. Y es que la memoria me recuerda quién era cada vez que me paro frente a un espejo, y mi cerebro trabaja en disculpas a diario que me suelo creer. Supongo que lo hace de noche, cuando el resto del cuerpo duerme, y hace bien su curro porque soy razonablemente feliz. Pero varias cosas han de permanecer inalterables para siempre en mí. Lo necesito. No quiero tener que soportarme convertido en cierto tipo de repugnante ser vivo, de la especie salva almas, metiendo mis narices en todo, sobre todo, donde no me llaman.
Y cuando se acerque el final de todo, de mi todo, cuando lo vea claro como iluminado por esa mierda de luces de xenón que montan los coches caros, decirme, tronco, no hagas más el gilipollas y déjalo ya.
¿Fácil, eh?